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Una modesta exposición recordando los 80 años
del natalicio
del Che fue montada esta semana en la biblioteca central de
la Universidad de Brasilia, una iniciativa del Núcleo
de Estu-
dios Cubanos que contó con el apoyo de la Asociación
de
Cubanos Residente en Brasil. Sería una exposición
más de
las tantas que permanentemente ocupan aquel espacio de
la universidad. Sería una más, si no fuera el
Che.
Son algunas decenas de afiches, fotos, carteles y postales
de diversas colecciones, mezclados con textos cortos im-
presos en papel. Una muestra simple y discreta, pero pro-
funda en su contenido, como lo era el Che.
Mientras montábamos la exposición, algunos alumnos
que
pasaban por el lugar se acercaron para observar y preguntar.
Eran jóvenes estudiantes curiosos por la vida y la
obra del
Che y admirados por saber que existieron en el mundo hom-
bres como él.
Hoy regresé al local de la muestra y me impresionó
la canti-
dad de visitantes en la exposición, en su mayoría
alumnos
muy jóvenes. Miraban y comentaban, y se iban mostrando
las fotos unos a los otros como quien descubre algo nuevo
en cada imagen.
Me dejó feliz la presencia juvenil, pero me alegró
también ver
allí a varios profesores ya no tan jóvenes.
A algunos, que los
conozco bien, los sentí un poco diferentes, más
serios y
pensativos que de costumbre, con la mirada más penetrante
y un brillo diferente en los ojos.
Es que independientemente de la generación a la que
perte-
nezcamos, cuando pensamos en el Che una profunda sensa-
ción de admiración y respeto nos envuelve, nuestro
semblan-
te sin darnos cuenta se transforma y nuestro sentido del de-
ber se multiplica. Es como si el Che nos recordara que pode-
mos ser mejores cada día, más humanos y más
justos. Es
como si en su imaginaria presencia nos invitara siempre a
ser más combativos, y a endurecernos, pero “sin
perder la
ternura jamás”. |
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